24.5.12

AQUELLAS ESTRELLAS


Desde que en 1895 en un café de París los hermanos Lumière presentaron un invento increíble para la época al que nombraron cinematógrafo o que George Méliès viera las enormes posibilidades económicas que podrían deparar estas proyecciones, ha corrido mucha agua bajo el puente.
El cine pasó de ser mudo y en blanco y negro a tener sonido y más tarde color. Los efectos especiales alcanzaron un realismo difícil de imaginar en aquellos tiempos. La imagen es cada día un proceso más complejo y cada vez nos "metemos" más dentro de la pantalla para vivir esas películas que por unos pesos nos regalan otras realidades o nos sumergen en la magia.
Pero hubo una época en que no hacía falta tanta tecnología como la de hoy para que la magia existiera. Existían ellas y ellos, estrellas de la pantalla a quienes "la cámara los amaba" y bastaba con su imagen proyectada para que uno se quedara extasiado mirando. Para meterse en la historia y sufrir o reír tal como se nos transmitía. Hollywood hizo su negocio, que de eso se trataba, pero en ese camino nos vendió por unas monedas una fantasía que compramos con gusto. ¿Quién no se perdería en los ojos de una joven Elizabeth Taylor? ¿Acaso no nos quedamos con las ganas de que Rhett Butler pegara la vuelta y dejara caer en sus brazos a una Scarlett O´Hara al fin enamorada de él? ¿Y a quiénes sino a Clark Gable y Vivien Leigh se les podía encomendar semejante tarea? La de hacer que esa historia fuera una de las películas más hermosas del cine de todos los tiempos.
La frescura de Audrey Hepburn, la sensualidad de Ava Gardner, la presencia de Paul Newman, la prestancia de Cary Grant... tantos... todos los que nos hicieron soñar. Maravillosa época la de aquellos que pudieron verlos en una pantalla de cine con toda la magia de la sala en silencio y los ojos bien abiertos para no perderse detalle. Distinta época la mía que aprendí a amarlos y admirarlos sentada en el suelo en esas tardes de televisión donde me enamoré muy chiquita de unos ojos azules (los de Paul Newman) y le robaba los vestidos a mi mamá para jugar a "los vestidos largos" y creerme Joan Crawford entrando a una fiesta.
El mundo es distinto, las diosas de la pantalla de plata son un recuerdo. Ya no hay estrellas como aquellas sino más humanas y menos inalcanzables. Pero aquellas, las de entonces son inolvidables. A quién le importan sus miserias si llegaron a brillar allá tan en lo alto que nos hicieron mirar hacia arriba para admirarlas. Desde el recuerdo siempre vuelven, únicas, diferentes, especiales, irrepetibles...